domingo, 29 de abril de 2012

Pelocho, una vida en la calle

Pelocho es un gato de unos 8 años que conozco desde que se instaló en una zona de maleza de un barrio logroñés, donde yo vivía entonces. Llegó jovencito, chulo como él solo y con un desparpajo que hacía que todos los gatos le tuvieran manía y todas las gatas fueran detrás de él. Le gustaba hacerse querer y se acercaba cauto a por mimos aunque huía, si intentaban cogerle.

Muchos días, Pelocho me acompañaba en los últimos metros de mis carreras matutinas. Llegaba un punto donde, una especie de valla invisible, le impedía avanzar más allá y, tranquilamente, se daba la vuelta y se dirigía hacia su pequeño reino. Se había vuelto una parte de mi rutina diaria. Si no lo veía, me preocupaba.

Un día, llegó el personal de la perrera municipal y se llevaron a todos los gatos de la zona que pudieron pero él, se escondió lo suficiente como para salvarse de la limpieza. Varias personas intentamos en ese momento, atraparlo por todos los medios para darle una oportunidad en una finca privada donde estuviera a salvo. No pudimos. Pelocho nos burlaba una y otra vez. Demasiado listo para caer en las trampas. Demasiado resabiado de los humanos.

Otro día, me encontré a Pelocho con el rabo destrozado. Nadie sabía cómo había sido aunque, me temo, que se lo dejaría dentro del motor de cualquier coche. Los gatos en invierno buscan el calor residual y, muchos de ellos, sufren graves mutilaciones o, incluso, perecen en ello. Se puede decir que Pelocho tuvo suerte.

Intentamos de nuevo atraparlo, otra vez sin éxito y, poco a poco, nuestro Pelocho se fue recuperando de sus heridas.

Los años le han ido marcando en su cuerpo el hambre, el calor y el frío y todas las batallas con machos más jóvenes interesados en arrebatarle su pequeño reino. A veces estoy segura de que ganaría y otras veces no, a tenor de todas las marcas que tiene en su cuerpo.

Hoy Pelocho descansa en mi casa. Se lo debía después de muchos años intentado darle la oportunidad de una vida mejor. Ayer al fin, se rindió. Cansado, exhausto de tanta lucha, con el cuerpo magullado y lleno de heridas, los ojos vencidos, se dejó al fin coger. Por la tarde se dejó bañar más o menos para quitarle el olor a podredumbre de alguna de sus heridas. Ahora está cogiendo fuerzas. Las necesitará para encarar el futuro, sea cual sea. De momento, esta semana pasará por el veterinario para saber el alcance real de sus heridas y su estado general de salud. Ojalá que en unos días, pueda escribir que llegue a tiempo de ayudarle a tener una vida mejor o, al menos, una segunda oportunidad. De momento, toca esperar.

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